Sergio Fajardo, hombre de crespos y de roscas.

Todos le conocíamos los crespos. Muchos apenas están empezando a saber de sus roscas.

En el argot antioqueño la rosca es la relación de cercanía que permite acceder a los beneficios y privilegios del poder sin que medie en ello la justicia o el mérito.

Fajardo es un rosquero y varios de sus más cercanos colaboradores también: rosqueros, palanqueros, traficantes de favores, iguales a aquellos de quienes denigran, por más que intenten disuadirnos con sus usanzas de hippies reformados.

La llegada de Fajardo a la Alcaldía de Medellín en 2004 contó con la colaboración de los grupos paramilitares de la ciudad. Entonces las calles de Medellín eran dominadas por el hampa, tanto que por allá en mayo de 2005 alguna vez el ex jefe paramilitar alias Don Berna pudo paralizar con su poder criminal el servicio público de buses creando caos y conmoción durante horas, afectando a millones de personas. Fajardo era alcalde pero ya vemos que no todo estaba bajo su control. Tal era el para-poder de aquellos días, votaron por Fajardo como alcalde de Medellín y dieron la orden de hacerlo así a sus comunidades de los barrios populares. Si acaso Fajardo estuvo al tanto de esto, esas estratagemas de transparencia y decencia empezarían a desmoronarse.

Además de la autoproclamada pulcritud, la educación siempre ha sido bandera de las campañas de Fajardo y qué celebre que se haga protagonista este tema. Sin embargo a Fajardo le falta coherencia entre sus palabras y sus acciones. La educación tiene sentido en la medida en que le permita al individuo desarrollar capacidades para entregar algo de valor a la sociedad y mejorarse económicamente a sí mismo, a su familia y su comunidad. Sin embargo, esta función práctica de la educación no se estimula suficientemente en la administración pública de Fajardo. Deberían acceder a esos empleos de cierta calidad que ofrece el sector público los mejores en sus disciplinas, pero francamente muchos de los funcionarios de Fajardo son técnicamente incompetentes. Muchos de ellos si afrontaran una prueba de suficiencia en su campo profesional la reprobarían u obtendrían puntajes bajos. No es un criterio de selección del personal las cualidades académicas o de trayectoria profesional, los criterios son el grado de vinculación de esas personas a las campañas electorales de su grupo o los intereses personales del funcionario que tenga la potestad de ofrecer el puesto de trabajo. De hecho, a mi me vincularon como empleado temporal sin afrontar una entrevista, una prueba, nada, a dedo, porque antes creía en Fajardo y participaba en sus campañas. Laborando allí, en alguna ocasión estuve presente en una reunión entre secretarios de despacho y diputados de la Asamblea Departamental. En aquella uno de los miembros de la Asamblea le reclamaba al secretario de Gobierno, Santiago Londoño, por la adjudicación de plazas laborales a personas poco competentes. El miembro de la corporación le manifestaba a Londoño que en los puestos de trabajo de la Gobernación se ubicaban en plazas temporales o en calidad de contratistas a los amigos y miembros del equipo de campaña del Partido Verde y le aseguraba que él conocía personalmente a muchas personas más facultadas para ocupar estos puestos, lo retó incluso a comparar sus hojas de vida con las de quienes gozaban de los empleos. La respuesta del secretario fue el silencio y una sonrisa y apretón de manos diplomático al final de la reunión, con la típica habilidad del politiquero tradicional que es supuestamente la antítesis de esta autoproclamada liga de semidioses de la pulcritud y la honestidad.

Durante mi estadía en la Secretaría Seccional de Salud, en el último trimestre de 2012 se planteó la celebración de los 45 años de esta entidad, con un evento que costaba cientos de millones de pesos. Me opuse a esta celebración y ahí comenzaron los roces. Yo argumentaba que no era adecuado gastar esa cantidad de dinero en un acto de relaciones públicas. Esa voz nunca hizo eco y se llegó el día de la fiesta, la secretaria de cabecera de Fajardo para los temas de salud, Luz María Agudelo, se sentía reina en su cuento de hadas, luciendo un gran traje, invitó a todos a su entrega y tuvo algo así como su fiesta de cuatro veces quince años. No se celebraba el aniversario de una entidad, se tenía un acto de relaciones públicas a favor de este grupo de políticos, para demostrar su poder –un señuelo que también atrae y fideliza a ciertos débiles adeptos-, puro marketing político con la plata de la gente. Me cansé de explicar que con ese dinero se podrían resolver muchos problemas como la ausencia de profesionales de salud en regiones apartadas o la adquisición de equipos diagnósticos necesarios en zonas marginadas del Departamento. Siendo toda razón insuficiente para que cambiaran de opinión la secretaria y sus secuaces y administrar mejor este dinero, les solicité al menos ofrecer un premio para exaltar a personas y entidades que hayan favorecido la salud de la gente en Antioquia, lo cual le dio un carácter un poco más público a aquella fanfarronería. Ojalá algún medio de comunicación investigara sobre lo que fue ese vergonzoso acto de despilfarro.

En particular esta señora, Luz María Agudelo, de la mayor confianza para Fajardo que hasta la ha designado gobernadora encargada durante sus ausencias, expresaba abiertamente entre su círculo más cercano su desprecio por la legalidad por considerar que retrasaba los procesos y comentaba entre carcajadas lo graciosa que le resultaba la actitud de un directivo a su cargo, de nombre Raúl Rojo, quien aprovechaba su nivel jerárquico para viaticar “lo que más se pudiera”; es decir, realizar viajes de trabajo innecesarios para recibir por su concepto pagos extra por parte de la Gobernación. Luego, hipócritamente, se atreven a realizar campañas de transparencia en los hospitales públicos en la que instan a sus administradores a competir para demostrar su honestidad.

La verdad es que hemos tenido dirigentes peores, más sucios, menos transparentes, más corruptos. La llegada de Fajardo sí pienso que significó una evolución en su momento. Votamos por Fajardo porque “roba menos”, es “menos corrupto”, “menos malo”, pero ya lo que nos merecemos es dar un paso más hacia delante de cara a las próximas elecciones, ya va siendo hora de innovar, de darle el privilegio de administrar estas tierras a demócratas más avanzados, menos presos de la vanidad y la arrogancia, de más valores y menos publicidad, con más vocación de servicio público. Sin embargo en la actual baraja de precandidatos no veo todavía quien encarne este personaje. Suena idealista pero pues ahí estuvo “Pepe” Mujica dirigiendo al Uruguay, un pueblo con la mitad de la población antioqueña. También podría tenerlo ahora -no esperar diez años- nuestra Antioquia que alguna vez visualizamos como “la mejor esquina de América”.

Advertisements