Violinista: nos cambiaste la vida.

Lo que vimos hoy no fue solo un violinista, fue un revolucionario, un tipo que provocó un cambio en la cultura.

Ante la indignante expulsión del músico en el Metro de Medellín no se trata de buscar culpables. El hecho da es para reflexionar sobre las costumbres de nuestro pueblo.

Lo que me molestó del popular video en el que bachilleres de Policía agreden físicamente y expulsan violentamente de un vagón del Metro de Medellín a un joven artista fue precisamente la forma en que lo hicieron. Debían respetar sobremanera a una persona que se atrevió a compartir su destreza artística con los pasajeros. Debieron usar maneras menos hostiles.

Cuánto me gustaría a mí estar en el Metro y de repente escuchar un violinista, un flautista, un saxofonista. Me transmitiría buena energía, me reconfortaría si lo necesitara, me inyectaría optimismo aunque fuera por unos pocos segundos y con seguridad me dibujaría una sonrisa.

El caso no es de buscar culpables, digo, porque en nuestra provincia no estamos acostumbrados a tener este tipo de intervenciones artísticas en el servicio del Metro, contrario a otras ciudades del mundo en las que sí aparecen habitualmente acordeonistas, saxofonistas y demás. El administrador del sistema de trenes me imagino que ha dirigido una vasta lista de órdenes al personal operativo para no permitir ningún comportamiento o actividad que “perturbe la tranquilidad”, “el orden” o “el normal desarrollo de los viajes” y de conformidad reaccionaron los jóvenes uniformados.

Lo que vimos hoy no fue solo un violinista, fue un revolucionario, un tipo que provocó un cambio en la cultura. Después de este joven seguro vendrán otros y las reglas en el Metro tendrán que adaptarse para permitir estas muestras de arte sin que por esto todo tipo de personas que viven de la limosna tengan también acceso a recaudarlas dentro del Metro; eso sí personalmente no me gustaría. Para un sistema de transporte como es el Metro de Medellín, que ha sido habitualmente un lugar ordenado y bien cuidado, una cosa es un artista y otra sería todo tipo de limosneros. Y no se malentienda esto como una discriminación a quienes por su miseria deben pedir dinero para subsistir, entiéndase como la intención de valorar y fomentar la práctica artística. Para las limosnas sí considero que hay otros espacios, no el Metro.

Qué positivo me parece que en los viajes cotidianos los niños, los jóvenes y las familias empiecen a contagiarse de ese espíritu artístico, del buen ánimo de la música, y del ejemplo de personas que se hacen paso en la vida emanando armonía. Me encantaría que el Metro de Medellín aceptara que sus trenes fueran, en adelante, la plaza que permite la subsistencia de los artistas que, existiendo en buen número en nuestra ciudad, encuentran tan difícil ganarse la vida con su talento.

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