Vicky Dávila, muy malintencionada, nada ingenua.

Falacia es un término de obligatorio estudio y dominio en el periodismo. Sin embargo, siendo obligatorio parece que una buena porción de los grandes medios colombianos (grandes por su facturación, por su venta de pauta publicitaria que es su verdadero negocio) no ponen en práctica, tal vez porque no sea rentable o porque los “profesionales” que tienen trabajando quizás no tengan claro el concepto.

Una falacia es un error en la argumentación. Es decir, que cuando yo estoy presentado argumentos (razones o razonamientos, es lo mismo) me equivoco y digo cosas ilógicas. Esos errores pueden ser intencionales o no. Algunos se usan muy hábilmente como técnicas para envolver y confundir al interlocutor y enmascarar la verdad, en otras ocasiones son solo el resultado de la falta de formación del periodista o del interlocutor que no se percata de mantener secuencias lógicas en lo que describe o que tal vez es un tanto ingenuo o tiene un poco alterada la percepción de la realidad.

Pero hay casos de casos. El que voy a describir de Vicky Dávila es penoso. No tengo nada contra esta señora, personalmente no la conozco, tal vez sea una buena persona, buena madre, buena compañera de trabajo, pero no soy yo el único colombiano que ha detectado en ella faltas a los principios periodísticos.

En su último descache quiso abusar de su condición de directora de noticiero para, falazmente, magnificar los efectos negativos de un hecho y descalificar el desempeño de un ejecutivo del Gobierno. Resumiré la historia. Al final está enlazado el audio original.

Se trata de una entrevista en directo al señor Gustavo Lenis, director de la Aeronáutica Civil, que es la autoridad aeronáutica colombiana, a cargo de cerca de 50 aeropuertos en todo el territorio nacional. El tema es que se retrasó el aterrizaje en Manizales de un vuelo comercial debido a que el operario de la torre de control no estaba en su puesto de trabajo, y no estaba porque el vehículo que habitualmente lo transporta ese día no pasó por él. Puro Macondo. A continuación intento describir fielmente cómo se desarrolló el diálogo.

Lo primero que se escucha es al director de la Aerocivil declarando que es nuevo, no solo en el cargo, sino en el sector público en general y que el problema en cuestión se solucionaría muy fácil en el sector privado, no en el público, lo cual es muy cierto. Quien haya tenido ocasión de trabajar tanto en lo público como en lo privado no puede discutir esta sugerencia. En el privado, por ejemplo para hacer una compra, primero se cuenta con la autorización del presupuesto por parte del directivo competente, luego se solicitan las propuestas de los proveedores y ya está. En el público hay que consultarle a media decena de personas si hay presupuesto, luego hay que hacer un pliego de condiciones, luego una convocatoria, eventualmente cambiar las condiciones iniciales y más procedimientos hasta que por fin se adjudica un proyecto. Lo que en lo privado lleva días en lo público tarda meses.

Ante esta declaración del funcionario, Vicky Dávila increpa diciendo que “esto pudo ocasionar una tragedia”. El señor Lenis responde respetuosamente que “tampoco” es para tanto. La pitonisa radiofónica le replica irónicamente “entonces eso pensó su funcionario, que no pasaba nada”. Lenis indica que no le gusta que dramaticen diciendo que esto iba a ser una tragedia y explica que el espacio aéreo de la zona se controla es desde Pereira, lo que da a entender que el perjuicio consistió solo en el retraso, no en poner en riesgo la integridad de los viajeros y continuadamente Vicky Dávila acepta: “claro que no es una tragedia”. La señora Natalia Springer, compañera de transmisión de Dávila, increpa si la Aerocivil va a pagarles a los ciudadanos afectados por los perjuicios. El entrevistado contesta que no sabe si a su entidad le toca pagar esas indemnizaciones, pues no conoce el reglamento completo. Ahí la señora Dávila se vuelve más agresiva, dice que esa es una respuesta absurda y remata con una ironía que cuando la escuché me imaginé fue a la Negra Candela o a la Tigresa del Oriente: entonces, “¿le pregunto a mi mamá?” El entrevistado, todavía calmado, responde “pues sí pregúntele a su mamá si quiere”. Me imagino que como el tipo no se le volvió sumiso ni empezó a titubear, la dama de la falacia le interpela que “él es funcionario público y no puede salir con esa payasada”. Qué pena, pero esto ya es otra cosa. Con esta ofensa, esta señora torna el diálogo ahora sí indiscutiblemente malsano. Y por supuesto, el director explota y le contesta “más payasa es usted”. La otra es tan descarada que le dice que está irrespetando a los oyentes y a los pasajeros. Eso es falso. Si ella se refiere al diálogo, la que inició el irrespeto fue ella. Ella está irrespetando a los oyentes con su falta de tacto, pues con su descuido la conversación perdió la altura ejemplar que se debería mantener en las transmisiones periodísticas de los medios masivos. La verdad es que el señor Lenis no está en ningún momento eludiendo la responsabilidad. Ha dicho que todavía no conoce el procedimiento que está reglamentado para proceder, no que no tenga que responder, y lo aclara con las siguientes palabras “yo no tengo por qué saberme todo el código”, lo cual para mí es entendible, desde el principio dijo que es nuevo y para estudiar y conocer las normas se necesita tiempo, tiempo que no ha tenido.

Antes de la despedida del funcionario, la señora Dávila se disculpa, sin embargo luego, cuando el señor ya no está en la línea, Dávila menciona que ya el País había tenido suficiente ilustración sobre el tipo de persona que era su invitado. ¡Por favor! Lo que nos quedó muy claro fue el nuevo descache de la “comunicadora”.

Para rematar, sale al ruedo otro bufón de la mesa de trabajo de la emisora, mencionando que le “sorprende mucho que no le parezca grave al director de la Aeronáutica Civil que una torre de control de un aeropuerto del País no funcione porque al funcionario encargado no se le dio la gana de ir a trabajar.” Esta era la breva del ponqué, lo único que faltaba, porque el funcionario desde el principio de la entrevista dijo literalmente que le parecía muy grave, que esto merecía una investigación y hasta cerró la entrevista reiterándolo.

Esos errores se entienden y se perdonan en un estudiante, un practicante o un periodista novato, pero en el caso de la señora Vicky Dávila, que hemos visto con su cosa política, si no me equivoco, por más de una década, el incurrir en estas falacias nos pone a pensar que lo suyo más que ingenuidad es incompetencia y desatención alevosa de la sana argumentación.

Aclaro que no tengo por qué defender al Director de la Aerocivil. No puedo decir si como persona o funcionario es un tipo íntegro, parto de la buena fe. Mi única intención es poner en evidencia las falacias comunes de personajes como Vicky Dávila para que la gente prefiera armarse su propio criterio y pensar por su cuenta, y no confiar tanto, como se acostumbra, en los conceptos de estos personjes que a priori consideramos muy competentes y estelares en su profesión.

A continuación, el enlace para escuchar el audio de la entrevista:

https://www.youtube.com/watch?v=psK9hD6Jwio

 

 

 

¡Qué bueno que llegó Starbucks a vendernos café a los cafeteros!

Siempre me ha parecido escena triste, patética, la fila de gente esperando a que se desocupe una mesa para entrar a cualquiera de los restaurantes que gozan de mayor popularidad en mi ciudad –Medellín- como Crepes & Waffles, Il Forno, Mondongo’s, Olivia, por mencionar solo algunos… Siempre me pregunto qué pasa y hasta hoy no lo he podido entender. ¿Será que todas estas personas van con bonos gratuitos, o con “groupones”, o con los cupones que se recortan del directorio telefónico? Me temo que para el próximo Día de la Madre haya que hacer fila desde la noche anterior y llevar carpa para amanecer en la calle como cuando se abre la venta de boletas para el concierto de Metallica, la final Medellín vs. Nacional o se entregan los subsidios estatales.

Una cena en pareja o un almuerzo familiar es un deleite ante todo, eso debería ser, y empezar como un deleite, pleno de comodidad y placer, ¡y hacer fila no es ni nunca será placentero!

Ahora, ayer se inauguró la primera tienda de la prestigiosa cadena de cafés Starbucks en Bogotá y han llovido críticas de todo tipo en las redes sociales señalando a un grupo de decenas de personas que hicieron fila para conocer en primicia el afamado lugar. Lo que se condena es la ironía de que lleguen al punto de enfilarse para pagar un café colombiano “ocho veces más caro” de lo que vale normalmente en nuestra tierra. Eso, hasta ahí es un juicio rápido y flojo. Empecemos con que la cadena norteamericana vende cafés de Brasil, Perú, Malawi y otros países, los colombianos son solo una sección de la carta. Lo segundo es que el consumidor no está pagando por un café: está pagando por una marca, por un estilo, por un servicio, por un ambiente, por un significado. Un “tinto” -o un “expreso” pues, para no parecer montañero-, tomárselo en la tienda de don “Juaco” significa una cosa muy distinta a lo que significa tomárselo en el primer Starbucks de Colombia en el Parque de La 93, exclusivo sector bogotano. Lo tercero es que el hecho de que se forme una fila en Starbucks (muy prestigiosa en todo el mundo, presente en 65 países) el primer día que abre en Colombia sí me parece comprensible, al contrario de las filas de los fines de semana en los restaurantes más populares de Medellín. Y lo entiendo porque hay novedad, es el primer día, es curioso, y además estaba allí presente el presidente de la Compañía.

Más que culpas, pullas o lo que sea, yo sacaría otras conclusiones. Como persona que trabaja en los medios y el mundo de la publicidad y la comunicación social, me encuentro permanentemente con clientes y desadvertidos que se aterran de los precios de una campaña publicitaria, de la creación de una marca, de un nombre, del diseño de un catálogo o cualquier otro material publicitario. ¡Se aterran! Pues señores “amarrados” (avaros) que quieren que un publicista les diseñe el logo de su comercio en 100.000 pesos colombianos (como 50 dólares), vean que es verdad que una buena publicidad les ayuda a vender mucho más y a ganar mucho más: ¡un tinto lo puede vender por más que 5.000 pesos!

Otro asunto que reconocer es que el consumidor no solo compra artículos de primera necesidad, y ni siquiera alimentos de primera necesidad. También compra alimentos ligados a servicios y productos complementarios: música, libros, entretenimiento, estilo de vida. Y esta es una gran ocasión para los inversionistas colombianos y los empresarios del café: hay muchas oportunidades afuera para aprovechar altas rentabilidades en un sector en el que los colombianos tenemos 1.001 ventajas competitivas, pues somos reconocidos en los 5 continentes como el pueblo con el café más suave y exquisito.

Ojalá pues que en un par de años se estén abriendo las tiendas de las nuevas cadenas de café de origen colombiano y capital colombiano que, siguiendo el ejemplo de Starbucks, consigan, fronteras para afuera, el dinero que aquí es difícil producir vendiendo el grano de a sacos.