Quimioterapia al conflicto armado colombiano

Supóngase que nos afecta un cáncer que nos hemos buscado. Comida chatarra, cigarrillo, exceso de licor o de exposición al sol. Nos lo buscamos y ya está. Al terminar la consulta, el médico nos dice que aún este cáncer no significa muerte, que todavía estamos a tiempo pero hay que seguir un tratamiento juicioso.

Estaremos de acuerdo en que el plan a seguir es iniciar el tratamiento de inmediato: medicamentos, procedimientos, quimioterapia y,  por supuesto, descontinuar los hábitos que provocaron ese cáncer. Empezaremos pues a alimentarnos bien, a dejar de fumar, a bajar o eliminar el licor o la exposición al sol. Por más que nos lo hayamos buscado no queremos que este cáncer nos mate.

Pues bueno, en la parábola el cáncer son los grupos extremistas FARC y ELN; el paciente (abusador) son los círculos de poder en Colombia, y los malos hábitos se resumen en la exclusión social.

Los malos hábitos de un abusador.

Entiéndase por círculos de poder a los líderes políticos y empresariales, sobre todo esa aristocracia de unas cuantas familias capitalinas. Desde la Conquista, durante la Colonia y hasta en la República, la segregación social en Colombia es una realidad que en nuestros días se demuestra en los indicadores globales de inequidad. Los mestizos, negros e indígenas siguen siendo ciudadanos de segunda y tercera categoría, todavía hoy están tajantemente marginados de los colonos europeos –principalmente españoles- en términos de propiedad de la tierra, patrimonio económico, seguridad social, calidad educativa, acceso a empleos de calidad, etc. Es una realidad tácita que, aunque latente, no se menciona. Pensábamos que aquella diferencia racial de mestizos, mulatos, zambos, indígenas y negros se había quedado en las lecciones de historia de la instrucción primaria; la verdad es que son perfectamente aplicables a la actualidad.

El cáncer.

Esos ejércitos de guerrillas terroristas, llenos como están de mestizos y de zambos, de mulatos, de indígenas y negros, han heredado el resentimiento de cientos de años de abusos sin cese, de la expropiación sangrienta, el abuso del terrateniente y el latifundista. La indignación es mucha, como es mucha la ira. Fue un cáncer más que suficientemente buscado. Pero este cáncer no previene o regula esos malos hábitos del paciente abusador, ataca a las células de su misma clase que también sufren el comportamiento maligno de su dueño, como resultado tenemos en Colombia una población re victimizada que históricamente ha estado excluida y ahora es atacada por estos ejércitos cancerígenos que se revelan ¡contra ellas! Para la ciudadanía la violencia, la represión, la arbitrariedad y la desatención se elevaron al cuadrado.

Quizás la rabia de las FARC es justificada, pero sus métodos violentos están lejos de ser la solución. Hace tres décadas que el pueblo de Colombia no ve en las FARC a sus salvadores. Por el contrario, sus procedimientos –campos minados, caballos bomba, balones bomba- siembran el terror de los más desfavorecidos. Esto es la re victimización de las clases populares. Este cáncer es pues un conjunto de células que se degeneraron y se dedicaron a degradar a sus pares en una carrera morbosa de violencia sin escrúpulos. Las guerrillas no abogan por el pueblo colombiano sino que multiplican sus agravios.

Si el cáncer corrigiera…

Ya que su lucha es armada, ojalá las FARC se dedicaran a ajusticiar a los Santofimio Botero, a los Juan Manuel Santos, a los Samper Pizano, a los Nule, a los Samuel Moreno, a esos grandes traidores del pueblo; otra sería la opinión del público sobre ellos. Se vería al menos la búsqueda de justicia en sus actos, sería –aunque ilegítima- una forma de control al abuso. Pero no, a esas aristocracias excluyentes son a las que menos les afecta el conflicto. A veces hasta les conviene el desorden para pescar en río revuelto, o simplemente aprovechan las facilidades de las que gozan para trasladar sus capitales y desarrollar inversiones en otros países, lejos de la inestabilidad social, económica y humanitaria que trae la guerra… Y al final de cuentas no han aprendido nada, no han entendido las graves consecuencias de sus conductas, continúan en su descuido, agravando el cáncer, expresando su esnobismo, su violencia simbólica, su desprecio de las clases populares.

La instauración de un modelo socialista.

En enero de 2013 el presidente de Bolivia, el socialista, izquierdista, sindicalista e indigenista, Evo Morales, en medio de la Cumbre Celac expresó que “los hermanos de las Farc tienen que entender, en estos tiempos las revoluciones no se hacen con balas, sino con votos, las revoluciones se hacen en democracia, no con violencia”.

En el proceso de paz precedente, el que se adelantó en San Vicente del Caguán durante la presidencia de Andrés Pastrana, las FARC aprovecharon el terreno que se les dio para fortalecerse financiera y militarmente, recrudecieron el drama de la sociedad civil con sus acciones violentas. Hoy, siguen defraudando al país, todas las acciones –y hasta las palabras- de este grupo demuestran que no desean la reconciliación y la paz sino el poder y ahí viene el segundo problema: la intención de instaurar en Colombia un régimen “socialista”.

En cuanto al pensamiento político, las FARC son extremistas de la doctrina comunista. Así como el Estado Islámico sigue una doctrina fundamentalista basada en su interpretación del Corán, así mismo las FARC son una secta radical del mal llamado socialismo. El socialismo es un sistema tan malo que empobreció a la potente Rusia y más recientemente a Venezuela, que había sido tradicionalmente la nación más rica de Suramérica; y eso que siendo una modalidad moderna del socialismo, “el socialismo del siglo XXI” pudo aplazar su crisis por la buena suerte de los excepcionales precios altos que alcanzó el petróleo tras las intervenciones militares de Estados Unidos en Afganistán e Irak en 2001 y 2003, respectivamente.

El futuro.

Colombia necesita la paz, pero no parece que el proceso de La Habana se la produzca sin que a cambio ingrese en esa lista de naciones que causan lástima o que pagan cara su utopía socialista. Los voceros de las FARC reiteran que el resultado del proceso tiene que redundar en su control del poder público sin entregar las armas. Mal negocio, ¿no?

Nada qué hacer sino hacer frente a una guerrilla que, aunque con fines loables en sus inicios, optó por el trágico medio de la violencia. Mientras tanto, es una pena y es inmoral permitir que un pueblo padezca los embates de un grupo de milicianos arcaicos que ya con tantos muertos encima, debiendo esta vida y la otra en las calderas del infierno por sus atrocidades, lo único que tienen por negociar es un poco de placer ocupando el poder y asegurando su indemnidad aunque sea durante sus últimos días sobre la Tierra.

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Este sería el primer país en desaparecer por causa del cambio climático.

Recientemente gana terreno la teoría de que la interacción colaborativa que se desarrolla en Internet constituye el quinto poder mundial, ubicando a las redes sociales solo un escalón después del periodismo tradicional que se considera la cuarta fuerza.

Para los académicos expertos en el tema, la Primavera Árabe -esa seguidilla de manifestaciones que derrocaron varias hegemonías en Medio Oriente entre 2010 y 2013- es el mejor ejemplo de las transformaciones sociales que llegan a provocar los contenidos que se comunican en la red.

Ante este nuevo panorama y entendiendo el peso las redes sociales como “nuevo jugador” en la toma de decisiones y en las relaciones de poder, han de cambiar también las maneras de desarrollar muchos procesos de la vida humana y -como parece obvio- el publicitario es uno de los primeros llamados a reacomodarse.

Un excelente ejemplo de esto es el de la campaña “Tuvalu” de la agencia publicitaria Grey Argentina para la marca de televisores LG Smart TV, que contó en el año 2015 con la participación del colombiano Juan Manuel Quintero. En esta se visibiliza la situación de un país del Pacífico Sur que teme su desaparición por causa del cambio climático. El mensaje rompe las barreras del anuncio tradicional y antes que procurar explícita o subliminalmente acelerar la decisión de compra por parte del espectador, logra transmitir los valores de la marca (sobre todo el valor de lo “smart” o inteligente) haciendo suya la causa de movilizar una petición global para frenar el cambio climático.

Este es el video desarrollado por Grey Argentina, en el que se expone la situación y se indica cómo apoyar la iniciativa:

#ayudemosatuvalu

articulo tuvalu

 

Sergio Fajardo, hombre de crespos y de roscas.

Todos le conocíamos los crespos. Muchos apenas están empezando a saber de sus roscas.

En el argot antioqueño la rosca es la relación de cercanía que permite acceder a los beneficios y privilegios del poder sin que medie en ello la justicia o el mérito.

Fajardo es un rosquero y varios de sus más cercanos colaboradores también: rosqueros, palanqueros, traficantes de favores, iguales a aquellos de quienes denigran, por más que intenten disuadirnos con sus usanzas de hippies reformados.

La llegada de Fajardo a la Alcaldía de Medellín en 2004 contó con la colaboración de los grupos paramilitares de la ciudad. Entonces las calles de Medellín eran dominadas por el hampa, tanto que por allá en mayo de 2005 alguna vez el ex jefe paramilitar alias Don Berna pudo paralizar con su poder criminal el servicio público de buses creando caos y conmoción durante horas, afectando a millones de personas. Fajardo era alcalde pero ya vemos que no todo estaba bajo su control. Tal era el para-poder de aquellos días, votaron por Fajardo como alcalde de Medellín y dieron la orden de hacerlo así a sus comunidades de los barrios populares. Si acaso Fajardo estuvo al tanto de esto, esas estratagemas de transparencia y decencia empezarían a desmoronarse.

Además de la autoproclamada pulcritud, la educación siempre ha sido bandera de las campañas de Fajardo y qué celebre que se haga protagonista este tema. Sin embargo a Fajardo le falta coherencia entre sus palabras y sus acciones. La educación tiene sentido en la medida en que le permita al individuo desarrollar capacidades para entregar algo de valor a la sociedad y mejorarse económicamente a sí mismo, a su familia y su comunidad. Sin embargo, esta función práctica de la educación no se estimula suficientemente en la administración pública de Fajardo. Deberían acceder a esos empleos de cierta calidad que ofrece el sector público los mejores en sus disciplinas, pero francamente muchos de los funcionarios de Fajardo son técnicamente incompetentes. Muchos de ellos si afrontaran una prueba de suficiencia en su campo profesional la reprobarían u obtendrían puntajes bajos. No es un criterio de selección del personal las cualidades académicas o de trayectoria profesional, los criterios son el grado de vinculación de esas personas a las campañas electorales de su grupo o los intereses personales del funcionario que tenga la potestad de ofrecer el puesto de trabajo. De hecho, a mi me vincularon como empleado temporal sin afrontar una entrevista, una prueba, nada, a dedo, porque antes creía en Fajardo y participaba en sus campañas. Laborando allí, en alguna ocasión estuve presente en una reunión entre secretarios de despacho y diputados de la Asamblea Departamental. En aquella uno de los miembros de la Asamblea le reclamaba al secretario de Gobierno, Santiago Londoño, por la adjudicación de plazas laborales a personas poco competentes. El miembro de la corporación le manifestaba a Londoño que en los puestos de trabajo de la Gobernación se ubicaban en plazas temporales o en calidad de contratistas a los amigos y miembros del equipo de campaña del Partido Verde y le aseguraba que él conocía personalmente a muchas personas más facultadas para ocupar estos puestos, lo retó incluso a comparar sus hojas de vida con las de quienes gozaban de los empleos. La respuesta del secretario fue el silencio y una sonrisa y apretón de manos diplomático al final de la reunión, con la típica habilidad del politiquero tradicional que es supuestamente la antítesis de esta autoproclamada liga de semidioses de la pulcritud y la honestidad.

Durante mi estadía en la Secretaría Seccional de Salud, en el último trimestre de 2012 se planteó la celebración de los 45 años de esta entidad, con un evento que costaba cientos de millones de pesos. Me opuse a esta celebración y ahí comenzaron los roces. Yo argumentaba que no era adecuado gastar esa cantidad de dinero en un acto de relaciones públicas. Esa voz nunca hizo eco y se llegó el día de la fiesta, la secretaria de cabecera de Fajardo para los temas de salud, Luz María Agudelo, se sentía reina en su cuento de hadas, luciendo un gran traje, invitó a todos a su entrega y tuvo algo así como su fiesta de cuatro veces quince años. No se celebraba el aniversario de una entidad, se tenía un acto de relaciones públicas a favor de este grupo de políticos, para demostrar su poder –un señuelo que también atrae y fideliza a ciertos débiles adeptos-, puro marketing político con la plata de la gente. Me cansé de explicar que con ese dinero se podrían resolver muchos problemas como la ausencia de profesionales de salud en regiones apartadas o la adquisición de equipos diagnósticos necesarios en zonas marginadas del Departamento. Siendo toda razón insuficiente para que cambiaran de opinión la secretaria y sus secuaces y administrar mejor este dinero, les solicité al menos ofrecer un premio para exaltar a personas y entidades que hayan favorecido la salud de la gente en Antioquia, lo cual le dio un carácter un poco más público a aquella fanfarronería. Ojalá algún medio de comunicación investigara sobre lo que fue ese vergonzoso acto de despilfarro.

En particular esta señora, Luz María Agudelo, de la mayor confianza para Fajardo que hasta la ha designado gobernadora encargada durante sus ausencias, expresaba abiertamente entre su círculo más cercano su desprecio por la legalidad por considerar que retrasaba los procesos y comentaba entre carcajadas lo graciosa que le resultaba la actitud de un directivo a su cargo, de nombre Raúl Rojo, quien aprovechaba su nivel jerárquico para viaticar “lo que más se pudiera”; es decir, realizar viajes de trabajo innecesarios para recibir por su concepto pagos extra por parte de la Gobernación. Luego, hipócritamente, se atreven a realizar campañas de transparencia en los hospitales públicos en la que instan a sus administradores a competir para demostrar su honestidad.

La verdad es que hemos tenido dirigentes peores, más sucios, menos transparentes, más corruptos. La llegada de Fajardo sí pienso que significó una evolución en su momento. Votamos por Fajardo porque “roba menos”, es “menos corrupto”, “menos malo”, pero ya lo que nos merecemos es dar un paso más hacia delante de cara a las próximas elecciones, ya va siendo hora de innovar, de darle el privilegio de administrar estas tierras a demócratas más avanzados, menos presos de la vanidad y la arrogancia, de más valores y menos publicidad, con más vocación de servicio público. Sin embargo en la actual baraja de precandidatos no veo todavía quien encarne este personaje. Suena idealista pero pues ahí estuvo “Pepe” Mujica dirigiendo al Uruguay, un pueblo con la mitad de la población antioqueña. También podría tenerlo ahora -no esperar diez años- nuestra Antioquia que alguna vez visualizamos como “la mejor esquina de América”.

Violinista: nos cambiaste la vida.

Lo que vimos hoy no fue solo un violinista, fue un revolucionario, un tipo que provocó un cambio en la cultura.

Ante la indignante expulsión del músico en el Metro de Medellín no se trata de buscar culpables. El hecho da es para reflexionar sobre las costumbres de nuestro pueblo.

Lo que me molestó del popular video en el que bachilleres de Policía agreden físicamente y expulsan violentamente de un vagón del Metro de Medellín a un joven artista fue precisamente la forma en que lo hicieron. Debían respetar sobremanera a una persona que se atrevió a compartir su destreza artística con los pasajeros. Debieron usar maneras menos hostiles.

Cuánto me gustaría a mí estar en el Metro y de repente escuchar un violinista, un flautista, un saxofonista. Me transmitiría buena energía, me reconfortaría si lo necesitara, me inyectaría optimismo aunque fuera por unos pocos segundos y con seguridad me dibujaría una sonrisa.

El caso no es de buscar culpables, digo, porque en nuestra provincia no estamos acostumbrados a tener este tipo de intervenciones artísticas en el servicio del Metro, contrario a otras ciudades del mundo en las que sí aparecen habitualmente acordeonistas, saxofonistas y demás. El administrador del sistema de trenes me imagino que ha dirigido una vasta lista de órdenes al personal operativo para no permitir ningún comportamiento o actividad que “perturbe la tranquilidad”, “el orden” o “el normal desarrollo de los viajes” y de conformidad reaccionaron los jóvenes uniformados.

Lo que vimos hoy no fue solo un violinista, fue un revolucionario, un tipo que provocó un cambio en la cultura. Después de este joven seguro vendrán otros y las reglas en el Metro tendrán que adaptarse para permitir estas muestras de arte sin que por esto todo tipo de personas que viven de la limosna tengan también acceso a recaudarlas dentro del Metro; eso sí personalmente no me gustaría. Para un sistema de transporte como es el Metro de Medellín, que ha sido habitualmente un lugar ordenado y bien cuidado, una cosa es un artista y otra sería todo tipo de limosneros. Y no se malentienda esto como una discriminación a quienes por su miseria deben pedir dinero para subsistir, entiéndase como la intención de valorar y fomentar la práctica artística. Para las limosnas sí considero que hay otros espacios, no el Metro.

Qué positivo me parece que en los viajes cotidianos los niños, los jóvenes y las familias empiecen a contagiarse de ese espíritu artístico, del buen ánimo de la música, y del ejemplo de personas que se hacen paso en la vida emanando armonía. Me encantaría que el Metro de Medellín aceptara que sus trenes fueran, en adelante, la plaza que permite la subsistencia de los artistas que, existiendo en buen número en nuestra ciudad, encuentran tan difícil ganarse la vida con su talento.

El negocio sucio del periodismo.

El título no indica que todo el periodismo sea un negocio sucio. Lo que voy a exponer es el caso de algunos grandes medios en Colombia que utilizan la plataforma periodística para perseguir fines diferentes a los de informar, educar o entretener al público.

Marzo de 2010 y Colombia en época de campañas electorales. Se acercaban las elecciones al Congreso y, en esa ocasión, también se escogerían algunos representantes de Colombia ante el Parlamento Andino. Yo prestaba servicio periodístico a un medio de comunicación de gran renombre en Colombia. Mi jefe era la “jefa de corresponsales”. Sin embargo un día recibí llamada del “editor político”. Nunca había hablado con él. Me dijo más o menos lo siguiente: “Feliciano, te habla el editor político. Vas a llamar al señor Tal (me dictó un número celular); él es un candidato para las actuales elecciones. Toma nota de las preguntas que le vas a hacer: “¿Qué recuerda usted de la forma en que conoció a Pablo Escobar? ¿Qué significó para usted en ese momento de su carrera conocer al capo del Cartel de Medellín?”. Ya me aprestaba yo a despedirme cuando el editor político anticipó: “Y mira, apunta también las respuestas que él te va a dar”. Me sonó muy extraño pero seguí su indicación en medio de la confusión. Las respuestas eran más o menos así… Respuesta a la pregunta 1: “Conocí a Escobar cuando yo también ejercía mi liderazgo político en el municipio de Envigado. En ese momento no sabía quién era Pablo Escobar ni sabía el monstruo en el que se convertiría”. Respuesta a la pregunta 2: “Como dije anteriormente, en ese momento no sabía quién era Pablo Escobar, para mí era un parlamentario más. Cuando supe el criminal que era, sentí que haberlo conocido había sido el pasaje más amargo de mi vida política”. Mientras apuntaba el dictado, me veía ante una redacción bastante dramática, como de un libreto de novela o, más bien, de narconovela, no sentía allí el lenguaje periodístico.

Era incómoda la confusión que sentía. Para tratar de salir de ella, antes de que el importante ejecutivo -el “editor político”- colgara, anticipé para preguntarle: “Pero, ¿yo como sé que esto es lo que él me va a contestar?” Tras un par de segundos de silencio, traté de recobrar mi condescendencia hacia este “superior jerárquico” y, ya intuyendo el propósito, le ayudé a contestar: “¿Es que a él ya lo han entrevistado antes con estas preguntas y se sabe que siempre contesta lo mismo?” El editor respondió afanado: “Sí, sí… Es por eso.” Casi que me dice: “Hágale pues, bobito”.

Me puse en la tarea. A la primera llamada el personaje requerido me contestó pero luego de que me identifiqué como periodista de la cadena tal, la llamada se cortó. De inmediato volví a marcar su número, mas ya me contestaba el mensaje de la compañía telefónica: “el usuario no está disponible” o “deje su mensaje después del tono”, en fin. Al cabo de una hora aproximadamente, el que sería mi entrevistado al fin contestó y accedió a recibirme y concederme la entrevista.

Llegué con mi equipo al lujoso condominio de su residencia. Lo noté nervioso. Nos atendió en las zonas comunes, no nos invitó a pasar ni a la sala de su casa. Ya se disponía el camarógrafo a instalarle un pequeño micrófono en la solapa de su camisa, pero el sujeto le pidió que esperara y explicó que no se sentía preparado, que quería ensayar un poco. Para tranquilizarlo, le dije: “tranquilo doctor, tómese el tiempo que considere que nosotros empezamos a grabar cuando usted esté listo. Con una sonrisa temblorosa me pidió que camináramos apartándonos del camarógrafo y en tono de confidencia me dijo: “Mira Feliciano, yo hablé con “J.A.V.” –quien era un reconocido periodista del mismo medio para el que yo servía-. Él me dijo que esto era una cosa muy tranquila, nada de preguntas malucas.” Yo inmediatamente le contesté lo que había preferido no decirle por teléfono –durante mi servicio en ese medio de comunicación mi teléfono celular se comportaba extraño en las llamadas, había muchas interferencias, se mezclaba con llamadas de otras personas, por ejemplo. Sentía que mi teléfono personal estaba interceptado-. Saqué mi libreta y le dije: “Tranquilo doctor. Mire, aquí están escritas las preguntas que yo le voy a hacer. Y estas son las respuestas que usted me va a dar. Léalas, repáselas, y cuando se sienta listo, me avisa y empezamos la grabación.” Le expliqué que había sido el mismo editor político quien me había dictado este libreto. Al cabo de unos minutos realizamos la entrevista y, a pesar de la preparación, mi entrevistado titubeaba, se le cortaban las palabras. Repetimos la entrevista, esta vez quedó fluida y así se emitió. El público colombiano vio un personaje recitando palabras que no se imaginó nunca que le redactó el mismo noticiero.

La anécdota hasta aquí es decepcionante. No sé si esas palabras que el entrevistado repitió como un loro eran ciertas o no. No sé si es inocente o no. Pero el hecho de que un medio de comunicación haga el libreto de sus entrevistados me parece desastroso e indica que existe manipulación de la información, y si la información se manipula ya no cumple la labor de informar, sino que puede estar cumpliendo la función de engañar o por lo menos de condicionar. No creo que esa haya sido la única ni la última vez que un medio de esa categoría (es un medio muy reconocido aún en la actualidad) hace este tipo de “trabajos”.

Ahora, ¿qué piensa usted, compatriota? ¿Se siente desinformado, condicionado, manipulado, confundido? ¿Todas las anteriores?

Vicky Dávila, muy malintencionada, nada ingenua.

Falacia es un término de obligatorio estudio y dominio en el periodismo. Sin embargo, siendo obligatorio parece que una buena porción de los grandes medios colombianos (grandes por su facturación, por su venta de pauta publicitaria que es su verdadero negocio) no ponen en práctica, tal vez porque no sea rentable o porque los “profesionales” que tienen trabajando quizás no tengan claro el concepto.

Una falacia es un error en la argumentación. Es decir, que cuando yo estoy presentado argumentos (razones o razonamientos, es lo mismo) me equivoco y digo cosas ilógicas. Esos errores pueden ser intencionales o no. Algunos se usan muy hábilmente como técnicas para envolver y confundir al interlocutor y enmascarar la verdad, en otras ocasiones son solo el resultado de la falta de formación del periodista o del interlocutor que no se percata de mantener secuencias lógicas en lo que describe o que tal vez es un tanto ingenuo o tiene un poco alterada la percepción de la realidad.

Pero hay casos de casos. El que voy a describir de Vicky Dávila es penoso. No tengo nada contra esta señora, personalmente no la conozco, tal vez sea una buena persona, buena madre, buena compañera de trabajo, pero no soy yo el único colombiano que ha detectado en ella faltas a los principios periodísticos.

En su último descache quiso abusar de su condición de directora de noticiero para, falazmente, magnificar los efectos negativos de un hecho y descalificar el desempeño de un ejecutivo del Gobierno. Resumiré la historia. Al final está enlazado el audio original.

Se trata de una entrevista en directo al señor Gustavo Lenis, director de la Aeronáutica Civil, que es la autoridad aeronáutica colombiana, a cargo de cerca de 50 aeropuertos en todo el territorio nacional. El tema es que se retrasó el aterrizaje en Manizales de un vuelo comercial debido a que el operario de la torre de control no estaba en su puesto de trabajo, y no estaba porque el vehículo que habitualmente lo transporta ese día no pasó por él. Puro Macondo. A continuación intento describir fielmente cómo se desarrolló el diálogo.

Lo primero que se escucha es al director de la Aerocivil declarando que es nuevo, no solo en el cargo, sino en el sector público en general y que el problema en cuestión se solucionaría muy fácil en el sector privado, no en el público, lo cual es muy cierto. Quien haya tenido ocasión de trabajar tanto en lo público como en lo privado no puede discutir esta sugerencia. En el privado, por ejemplo para hacer una compra, primero se cuenta con la autorización del presupuesto por parte del directivo competente, luego se solicitan las propuestas de los proveedores y ya está. En el público hay que consultarle a media decena de personas si hay presupuesto, luego hay que hacer un pliego de condiciones, luego una convocatoria, eventualmente cambiar las condiciones iniciales y más procedimientos hasta que por fin se adjudica un proyecto. Lo que en lo privado lleva días en lo público tarda meses.

Ante esta declaración del funcionario, Vicky Dávila increpa diciendo que “esto pudo ocasionar una tragedia”. El señor Lenis responde respetuosamente que “tampoco” es para tanto. La pitonisa radiofónica le replica irónicamente “entonces eso pensó su funcionario, que no pasaba nada”. Lenis indica que no le gusta que dramaticen diciendo que esto iba a ser una tragedia y explica que el espacio aéreo de la zona se controla es desde Pereira, lo que da a entender que el perjuicio consistió solo en el retraso, no en poner en riesgo la integridad de los viajeros y continuadamente Vicky Dávila acepta: “claro que no es una tragedia”. La señora Natalia Springer, compañera de transmisión de Dávila, increpa si la Aerocivil va a pagarles a los ciudadanos afectados por los perjuicios. El entrevistado contesta que no sabe si a su entidad le toca pagar esas indemnizaciones, pues no conoce el reglamento completo. Ahí la señora Dávila se vuelve más agresiva, dice que esa es una respuesta absurda y remata con una ironía que cuando la escuché me imaginé fue a la Negra Candela o a la Tigresa del Oriente: entonces, “¿le pregunto a mi mamá?” El entrevistado, todavía calmado, responde “pues sí pregúntele a su mamá si quiere”. Me imagino que como el tipo no se le volvió sumiso ni empezó a titubear, la dama de la falacia le interpela que “él es funcionario público y no puede salir con esa payasada”. Qué pena, pero esto ya es otra cosa. Con esta ofensa, esta señora torna el diálogo ahora sí indiscutiblemente malsano. Y por supuesto, el director explota y le contesta “más payasa es usted”. La otra es tan descarada que le dice que está irrespetando a los oyentes y a los pasajeros. Eso es falso. Si ella se refiere al diálogo, la que inició el irrespeto fue ella. Ella está irrespetando a los oyentes con su falta de tacto, pues con su descuido la conversación perdió la altura ejemplar que se debería mantener en las transmisiones periodísticas de los medios masivos. La verdad es que el señor Lenis no está en ningún momento eludiendo la responsabilidad. Ha dicho que todavía no conoce el procedimiento que está reglamentado para proceder, no que no tenga que responder, y lo aclara con las siguientes palabras “yo no tengo por qué saberme todo el código”, lo cual para mí es entendible, desde el principio dijo que es nuevo y para estudiar y conocer las normas se necesita tiempo, tiempo que no ha tenido.

Antes de la despedida del funcionario, la señora Dávila se disculpa, sin embargo luego, cuando el señor ya no está en la línea, Dávila menciona que ya el País había tenido suficiente ilustración sobre el tipo de persona que era su invitado. ¡Por favor! Lo que nos quedó muy claro fue el nuevo descache de la “comunicadora”.

Para rematar, sale al ruedo otro bufón de la mesa de trabajo de la emisora, mencionando que le “sorprende mucho que no le parezca grave al director de la Aeronáutica Civil que una torre de control de un aeropuerto del País no funcione porque al funcionario encargado no se le dio la gana de ir a trabajar.” Esta era la breva del ponqué, lo único que faltaba, porque el funcionario desde el principio de la entrevista dijo literalmente que le parecía muy grave, que esto merecía una investigación y hasta cerró la entrevista reiterándolo.

Esos errores se entienden y se perdonan en un estudiante, un practicante o un periodista novato, pero en el caso de la señora Vicky Dávila, que hemos visto con su cosa política, si no me equivoco, por más de una década, el incurrir en estas falacias nos pone a pensar que lo suyo más que ingenuidad es incompetencia y desatención alevosa de la sana argumentación.

Aclaro que no tengo por qué defender al Director de la Aerocivil. No puedo decir si como persona o funcionario es un tipo íntegro, parto de la buena fe. Mi única intención es poner en evidencia las falacias comunes de personajes como Vicky Dávila para que la gente prefiera armarse su propio criterio y pensar por su cuenta, y no confiar tanto, como se acostumbra, en los conceptos de estos personjes que a priori consideramos muy competentes y estelares en su profesión.

A continuación, el enlace para escuchar el audio de la entrevista:

https://www.youtube.com/watch?v=psK9hD6Jwio